La máquina del tiempo

tienda

Al entrar, la puerta crujía y tocaba levemente la campanilla que colgaba del dintel. Allí comenzaba la aventura, aquel timbre resonaba en mi corazón como retumba el primer beso de amor. Cruzar aquella puerta me transportaba a otro lugar, un espacio donde tenía cabida todo tipo de ciudades y sus costumbres culinarias.

Me embriagaba con el olor del queso de oveja muy curado, ese que se desmorona al cortarlo y que solo comíamos en fiestas. El incipiente olor de aquella lata de sardinillas en aceite que golpeaba mi olfato y me hacía oír el ronroneo de las olas. Ese primer sorbo de vino Moscatel o el olor de un vinillo acaramelado que cualquiera hubiese confundido con toffee.

El tendero siempre tras un mostrador de madera: un hombre afable, de sonrisa continúa y al que no le faltaron pretendientas en su tiempo. Un caballero que había envejecido como el buen vino y que repartía su sabiduría gastronómica entre los habitantes de mi pueblo.

El señor Manué no era abuelo de nadie, era el abuelo de todos. Siempre tenía algo que darte a probar: una rodaja de salchichón, un cubito de queso cabrales o esa lasquita de jamón, bien fina pero la más sabrosa, sin duda alguna.

Mi padre pasaba algunas tardes en el ultramarinos. Allí bebía mosto nuevo y jugaba a los chinos con otros señores mayores del pueblo. Me gustaba acompañarlo y hacer de juez de chinos: apuntaba los puntos, contaba y me reía cuando hacían alguna trampilla.

No era solo una tienda, tampoco era un bar o una casa de comidas: era el ultramarinos. Un oasis en medio del devenir del pueblo, un punto estratégico en la mañana de compras o en la tarde de descanso.

¿Y por qué debía perderse el ultramarinos del señor Manué? ¿Por qué perder el probar antes de comprar? ¿Por qué ya no podía jugar a los chinos cuando me hiciese mayor?

Decidí construir una máquina del tiempo.

– ¿Una máquina del tiempo?

– Tú estás loco ¡Eso es imposible!

– Nada es imposible si lo deseas de verdad.

Y así construí ‘El Almacén de Indiano’, como mi máquina del tiempo. Allí dónde el devenir de la ciudad coge otro ritmo, dónde comprar como antaño, dónde la cesta de pleita aún porte los alimentos. Dónde gastronomía, tradición y el viajar se fundan en uno y los recuerdos afloren.

Imagen: Recreación de una antigua tienda de ultramarinos . Forma parte de la exposición “Les Botigues Museu” que se puede ver en Lérida. Tomada del blog de Rafael Castillejos.

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